La Sirenita

(Cuento de Hans Christian Andersen)


En el fondo del más azul de los océanos había un maravilloso palacio en el cual habitaba el Rey del Mar, un viejo y sabio tritón que tenía una abundante barba blanca. Vivía en esta espléndida mansión de coral multicolor y de conchas preciosas, junto a sus hijas, cinco bellísimas sirenas.

La Sirenita, la más joven, además de ser la más bella poseía una voz maravillosa; cuando cantaba acompañándose con el arpa, los peces acudían de todas partes para escucharla, las conchas se abrían, mostrando sus perlas, y las medusas al oírla dejaban de flotar.

La pequeña sirena casi siempre estaba cantando, y cada vez que lo hacía levantaba la vista buscando la débil luz del sol, que a duras penas se filtraba a través de las aguas profundas.

-¡Oh! ¡Cuánto me gustaría salir a la superficie para ver por fin el cielo que todos dicen que es tan bonito, y escuchar la voz de los hombres y oler el perfume de las flores!

-Todavía eres demasiado joven -respondió la abuela-. Dentro de unos años, cuando tengas quince, el rey te dará permiso para subir a la superficie, como a tus hermanas.

La Sirenita soñaba con el mundo de los hombres, el cual conocía a través de los relatos de sus hermanas, a quienes interrogaba durante horas para satisfacer su inagotable curiosidad cada vez que volvían de la superficie. En este tiempo, mientras esperaba salir a la superficie para conocer el universo ignorado, se ocupaba de su maravilloso jardín adornado con flores marítimas. Los caballitos de mar le hacían compañía y los delfines se le acercaban para jugar con ella; únicamente las estrellas de mar, quisquillosas, no respondían a su llamada.

Por fin llegó el cumpleaños tan esperado y, durante toda la noche precedente, no consiguió dormir. A la mañana siguiente el padre la llamó y, al acariciarle sus largos y rubios cabellos, vio esculpida en su hombro una hermosísima flor.

-¡Bien, ya puedes salir a respirar el aire y ver el cielo! ¡Pero recuerda que el mundo de arriba no es el nuestro, sólo podemos admirarlo! Somos hijos del mar y no tenemos alma como los hombres. Sé prudente y no te acerques a ellos. ¡Sólo te traerían desgracias!

Apenas su padre terminó de hablar, La Sirenita le di un beso y se dirigió hacia la superficie, deslizándose ligera. Se sentía tan veloz que ni siquiera los peces conseguían alcanzarla. De repente emergió del agua. ¡Qué fascinante! Veía por primera vez el cielo azul y las primeras estrellas centelleantes al anochecer. El sol, que ya se había puesto en el horizonte, había dejado sobre las olas un reflejo dorado que se diluía lentamente. Las gaviotas revoloteaban por encima de La Sirenita y dejaban oír sus alegres graznidos de bienvenida.

-¡Qué hermoso es todo! -exclamó feliz, dando palmadas.

Pero su asombro y admiración aumentaron todavía: una nave se acercaba despacio al escollo donde estaba La Sirenita. Los marinos echaron el ancla, y la nave, así amarrada, se balanceó sobre la superficie del mar en calma. La Sirenita escuchaba sus voces y comentarios. “¡Cómo me gustaría hablar con ellos!", pensó. Pero al decirlo, miró su larga cola cimbreante, que tenía en lugar de piernas, y se sintió acongojada: “¡Jamás seré como ellos!”

A bordo parecía que todos estuviesen poseídos por una extraña animación y, al cabo de poco, la noche se llenó de vítores: “¡Viva nuestro capitán! ¡Vivan sus veinte años!” La pequeña sirena, atónita y extasiada, había descubierto mientras tanto al joven al que iba dirigido todo aquel alborozo. Alto, moreno, de porte real, sonreía feliz. La Sirenita no podía dejar de mirarlo y una extraña sensación de alegría y sufrimiento al mismo tiempo, que nunca había sentido con anterioridad, le oprimió el corazón.

La fiesta seguía a bordo, pero el mar se encrespaba cada vez más. La Sirenita se dio cuenta en seguida del peligro que corrían aquellos hombres: un viento helado y repentino agitó las olas, el cielo entintado de negro se desgarró con relámpagos amenazantes y una terrible borrasca sorprendió a la nave desprevenida.

-¡Cuidado! ¡El mar...! -en vano la Sirenita gritó y gritó.

Pero sus gritos, silenciados por el rumor del viento, no fueron oídos, y las olas, cada vez más altas, sacudieron con fuerza la nave. Después, bajo los gritos desesperados de los marineros, la arboladura y las velas se abatieron sobre cubierta, y con un siniestro fragor el barco se hundió. La Sirenita, que momentos antes había visto cómo el joven capitán caía al mar, se puso a nadar para socorrerlo. Lo buscó inútilmente durante mucho rato entre las olas gigantescas. Había casi renunciado, cuando de improviso, milagrosamente, lo vio sobre la cresta blanca de una ola cercana y, de golpe, lo tuvo en sus brazos.

El joven estaba inconsciente, mientras la Sirenita, nadando con todas sus fuerzas, lo sostenía para rescatarlo de una muerte segura. Lo sostuvo hasta que la tempestad amainó. Al alba, que despuntaba sobre un mar todavía lívido, la Sirenita se sintió feliz al acercarse a tierra y poder depositar el cuerpo del joven sobre la arena de la playa. Al no poder andar, permaneció mucho tiempo a su lado con la cola lamiendo el agua, frotando las manos del joven y dándole calor con su cuerpo.

Hasta que un murmullo de voces que se aproximaban la obligaron a buscar refugio en el mar.

-¡Corran! ¡Corran! -gritaba una dama de forma atolondrada- ¡Hay un hombre en la playa! ¡Está vivo! ¡Pobrecito...! ¡Ha sido la tormenta...! ¡Llevémoslo al castillo! ¡No! ¡No! Es mejor pedir ayuda...

La primera cosa que vio el joven al recobrar el conocimiento, fue el hermoso semblante de la más joven de las tres damas.

-¡Gracias por haberme salvado! -le susurró a la bella desconocida.

La Sirenita, desde el agua, vio que el hombre al que había salvado se dirigía hacia el castillo, ignorante de que fuese ella, y no la otra, quien lo había salvado.

Pausadamente nadó hacia el mar abierto; sabía que, en aquella playa, detrás suyo, había dejado algo de lo que nunca hubiera querido separarse. ¡Oh! ¡Qué maravillosas habían sido las horas transcurridas durante la tormenta teniendo al joven entre sus brazos!

Cuando llegó a la mansión paterna, la Sirenita empezó su relato, pero de pronto sintió un nudo en la garganta y, echándose a llorar, se refugió en su habitación. Días y más días permaneció encerrada sin querer ver a nadie, rehusando incluso hasta los alimentos. Sabía que su amor por el joven capitán era un amor sin esperanza, porque ella, la Sirenita, nunca podría casarse con un hombre.

Sólo la Hechicera de los Abismos podía socorrerla. Pero, ¿a qué precio? A pesar de todo decidió consultarla.

-¡...por consiguiente, quieres deshacerte de tu cola de pez! Y supongo que querrás dos piernas. ¡De acuerdo! Pero deberás sufrir atrozmente y, cada vez que pongas los pies en el suelo sentirás un terrible dolor.

-¡No me importa -respondió la Sirenita con lágrimas en los ojos- a condición de que pueda volver con él!

¡No he terminado todavía! -dijo la vieja-. ¡Deberás darme tu hermosa voz y te quedarás muda para siempre! Pero recuerda: si el hombre que amas se casa con otra, tu cuerpo desaparecerá en el agua como la espuma de una ola.

-¡Acepto! -dijo por último la Sirenita y, sin dudar un instante, le pidió el frasco que contenía la poción prodigiosa. Se dirigió a la playa y, en las proximidades de su mansión, emergió a la superficie; se arrastró a duras penas por la orilla y se bebió la pócima de la hechicera.

Inmediatamente, un fuerte dolor le hizo perder el conocimiento y cuando volvió en sí, vio a su lado, como entre brumas, aquel semblante tan querido sonriéndole. El príncipe allí la encontró y, recordando que también él fue un náufrago, cubrió tiernamente con su capa aquel cuerpo que el mar había traído.

-No temas -le dijo de repente-. Estás a salvo. ¿De dónde vienes?

Pero la Sirenita, a la que la bruja dejó muda, no pudo responderle.

-Te llevaré al castillo y te curaré.

Durante los días siguientes, para la Sirenita empezó una nueva vida: llevaba maravillosos vestidos y acompañaba al príncipe en sus paseos. Una noche fue invitada al baile que daba la corte, pero tal y como había predicho la bruja, cada paso, cada movimiento de las piernas le producía atroces dolores como premio de poder vivir junto a su amado. Aunque no pudiese responder con palabras a las atenciones del príncipe, éste le tenía afecto y la colmaba de gentilezas. Sin embargo, el joven tenía en su corazón a la desconocida dama que había visto cuando fue rescatado después del naufragio.

Desde entonces no la había visto más porque, después de ser salvado, la desconocida dama tuvo que partir de inmediato a su país. Cuando estaba con la Sirenita, el príncipe le profesaba a ésta un sincero afecto, pero no desaparecía la otra de su pensamiento. Y la pequeña sirena, que se daba cuenta de que no era ella la predilecta del joven, sufría aún más. Por las noches, la Sirenita dejaba a escondidas el castillo para ir a llorar junto a la playa.

Pero el destino le reservaba otra sorpresa. Un día, desde lo alto del torreón del castillo, fue avistada una gran nave que se acercaba al puerto, y el príncipe decidió ir a recibirla acompañado de la Sirenita.

La desconocida que el príncipe llevaba en el corazón bajó del barco y, al verla, el joven corrió feliz a su encuentro. La Sirenita, petrificada, sintió un agudo dolor en el corazón. En aquel momento supo que perdería a su príncipe para siempre. La desconocida dama fue pedida en matrimonio por el príncipe enamorado, y la dama lo aceptó con agrado, puesto que ella también estaba enamorada. Al cabo de unos días de celebrarse la boda, los esposos fueron invitados a hacer un viaje por mar en la gran nave que estaba amarrada todavía en el puerto. La Sirenita también subió a bordo con ellos, y el viaje dio comienzo.

Al caer la noche, la Sirenita, angustiada por haber perdido para siempre a su amado, subió a cubierta. Recordando la profecía de la hechicera, estaba dispuesta a sacrificar su vida y a desaparecer en el mar. Procedente del mar, escuchó la llamada de sus hermanas:

-¡Sirenita! ¡Sirenita! ¡Somos nosotras, tus hermanas! ¡Mira! ¿Ves este puñal? Es un puñal mágico que hemos obtenido de la bruja a cambio de nuestros cabellos. ¡Tómalo y, antes de que amanezca, mata al príncipe! Si lo haces, podrás volver a ser una sirenita como antes y olvidarás todas tus penas.

Como en un sueño, la Sirenita, sujetando el puñal, se dirigió hacia el camarote de los esposos. Mas cuando vio el semblante del príncipe durmiendo, le dio un beso furtivo y subió de nuevo a cubierta. Cuando ya amanecía, arrojó el arma al mar, dirigió una última mirada al mundo que dejaba y se lanzó entre las olas, dispuesta a desaparecer y volverse espuma.

Cuando el sol despuntaba en el horizonte, lanzó un rayo amarillento sobre el mar y, la Sirenita, desde las aguas heladas, se volvió para ver la luz por última vez. Pero de improviso, como por encanto, una fuerza misteriosa la arrancó del agua y la transportó hacia lo más alto del cielo. Las nubes se teñían de rosa y el mar rugía con la primera brisa de la mañana, cuando la pequeña sirena oyó cuchichear en medio de un sonido de campanillas:

-¡Sirenita! ¡Sirenita! ¡Ven con nosotras!

-¿Quiénes son? -murmuró la muchacha, dándose cuenta de que había recobrado la voz-. ¿Dónde están?

-Estás con nosotras en el cielo. Somos las hadas del viento. No tenemos alma como los hombres, pero es nuestro deber ayudar a quienes hayan demostrado buena voluntad hacia ellos.

La Sirenita, conmovida, miró hacia abajo, hacia el mar en el que navegaba el barco del príncipe, y notó que los ojos se le llenaban de lágrimas, mientras las hadas le susurraban:

-¡Fíjate! Las flores de la tierra esperan que nuestras lágrimas se transformen en rocío de la mañana. ¡Ven con nosotras! Volemos hacia los países cálidos, donde el aire mata a los hombres, para llevar ahí un viento fresco. Por donde pasemos llevaremos socorros y consuelos, y cuando hayamos hecho el bien durante trescientos años, recibiremos un alma inmortal y podremos participar de la eterna felicidad de los hombres -le decían.

-¡Tú has hecho con tu corazón los mismos esfuerzos que nosotras, has sufrido y salido victoriosa de tus pruebas y te has elevado hasta el mundo de los espíritus del aire, donde no depende más que de ti conquistar un alma inmortal por tus buenas acciones! -le dijeron.

Y la Sirenita, levantando los brazos al cielo, lloró por primera vez.

Oyéronse de nuevo en el buque los cantos de alegría: vio al Príncipe y a su linda esposa mirar con melancolía la espuma juguetona de las olas. La Sirenita, en estado invisible, abrazó a la esposa del Príncipe, envió una sonrisa al esposo, y en seguida subió con las demás hijas del viento envuelta en una nube color de rosa que se elevó hasta el cielo.

FIN

Juan el optimista

(Cuento de Grimm)

Tras haber pasado siete años al sevicio de su amo, Juan le dijo un buen día:

-Señor, ya he trabajado bastante. Deje que vuelva a casa con mi madre y tenga a bien abonarme mi paga.

El amo respondió:

-Mi buen Juan; tu petición es muy justa. Me has servido honrrada y fielmente. La recompensa deve igualar a tu abnegación.

Dicho esto, le dio un lingote de oro tan grande como la cabeza del muchacho, el cual sacó su pañuelo del bolsillo, envolvió su lingote, se lo echó a la espalda y emprendió el camino de la casa materna.

Iba despacio, porque el bulto le pesaba, cuando vio a un jinete que con aire apuesto y alegre se le acercó al galope.

-¡Ah!, -dijo Juan-, ¡qué hermosa es la equitación! El jinete va sentado tan cómodo como en una silla, sus pes no chocan contra las piedras del camino, no gasta el calzado y llega rápidamente adonde quiere.
El jinete oyó el monólogo y dijo a nuestro hombre:

-Entonces, amigi mío, ¿por qué vas a pie?

-¡Ah!, porque tengo que llevar este pesado lingote. Si es de oro, pero me hace polvo la espalda.

-Pues entonces -repuso el caballista parando su cabalgadura- hagamos un cambio: tú me das el lingote y yo mi caballo.

-De acuerdo, pero siempre que me ayude a montar.

El jinete bajó, tomó el lingote, ayudó a Juan a subir y poniéndole las riendas en sus manos dijo:

-Cuando quieras ir deprisaazuza al caballo y grita fuerte: "hala, hala".

El fogoso caballo empezó a galopar y muy pronto se encontro Juan caído en una zanja que separaba los campos de la carretera. Quién sabe adónde hubiera llegado el animal de no toparse con un campesino que llevaba una vaca y le paró.

Juan se levantó como pudo y se sostuvo a duras penas sobre sus piernas, acercándose mohíno al labrador.

-¡Triste cosa la equitación, sobre todo cuando se monta una fiera semejante! Se enfada y, ¡hala!, das con tus huesos en tierra y date por contento si no te rompes la crisma. Se me han quitado para siempre las ganas de montar. Deme una mansa vaca que cada día me dé leche, queso y manteca. ¡Ay, si la tuviera!

-Ya que tanto le gustaría, le doy mi vaca a cambio de su caballo.

Juan aceptó con alegría. El campesino montó y partió al galope.

Juan llevó su vaca tranquilamente pensando en el magnífico cambio que acababa de hacer.

-Excepto el pan de cada día -pensaba-, nada me faltará. Podré untarlo con manteca o queso cuando quiera. Si tengo sed, leche pura. ¿Quién más feliz que yo?

Plenamente satisfeco llegó a una posada. Amarró al animal, y entró en la venta, comió con gran apetito todas las provisiones de su bolsa y con sus últimas monedas se hizo servir una gran jarra de cerveza que bebío contentísimo.

Recuperadas las fuerzas reanudó con su vaca el camino.
El sol muy alto, el calor sofocante y el erial que cruzaba agobiaron al buen Juan. Y aún le quedaba una hora de marcha. Se le secó completamente la boca.

-Ordeñaré la vaca y la lece me refrescará.

La amarró con el ronzal a un seco arbusto, colocó su qorro de lana bajo la ubre, se puso a ordeñar estirando ésta en todos los sentidos sin sacar una sola gota.
Como lo iciera con tan poca maña, la vaca, molesta, le dio una patada tan fuerte en la cabeza que cayó a tierra y quedó un buen rato sin sentido. Afortunadamente un carnicero que llevaba un lechón en una carretilla pasó por allí.

-¿Que haces ahi, amigo? -exclamó, zarandeándole con la "suavidad" propia de su oficio.

Vuelto en sí, Juan contó lo que había pasado. El carnicero le ofreció una botella:

-Echa un trago, compañero, que te entonará. No te extrañe que la vaca no dé leche, porque es un animal viejo que solo sirve para tirar del arado o para carne.

-Un animal viejo -exclamo Juan, frotándose el lugar donde había recibido la patada-. Me explico que se maten bueyes bien cebados que dan un buen caldo, pero no me hable de carne de vaca. Es muy dura. Prefiero con mucho un lechoncito como el que lleva usted. Su carne es mucho más sabrosa, sin contar con que se pueden hacer salchichas.

-Escucha, Juan, ya que la vaca te juega tan malas pasadas y tanto te gustan las salchichas, si quieres te doy mi cerdo y cojo tu vaca.

-Que Dios le page tanta bondad -exclamó Juan lleno de gratitud.

Después agarró con la cuerda al lechón y siquío su camino, felicitándose por su buena fortuna que hacía que todo saliese a su gusto. Pronto se le unió un viandante que llevaba una blanca y hermosa oca bajo el brazo. Mientras marchaban juntos, Juan le contó su suerte y los ventajosos cambios que había hecho. Por su parte, el forastero le dijo que la oca se destinaba a un banquete de bautizo.

-Levántela un poco -continuó diciendo-, y agárrela por las alas. Verá cómo pesa.

-Desde luego, pesa lo suyo, pero mi lechón no es de despreciar.

En este momento el forastero mostró un aire preocupado y lanzó inquietas miradas en torno suyo. Moviendo la cabeza dijo:

-Pienso una cosa sobre su animal. En el pueblo que he pasado hace poco acaban de robar precisamente uno de la misma edad y tamaño. Temo que sea éste. Su último negocio no va a ser muy agradable si le lleva a un oscuro calabozo.

¡Qué miedo causaron estas palabras al pobre Juan!

-Por Dios, líbreme del peligro que me amenaza. Sea bueno y tome este maldito lechón a cambio de su oca.

-Me expongo por usted -repuso el pillo forastero-, pero no quiero dejarle en peligro.

Y sin más, tomó la cuerda con el animal y desapareció por un sendero aprtado entre árboles.
Juan, con su conciencia tranquila, siguió adelante con la oca bajo el brazo.

-Pensandolo bien, también e ganado esta vez. Veamos el provecho que puedo sacar de la oca: ante todo, un buen asado; luego, grasa en abundancia, con la que podré mojar mi pan por lo menos tres meses y, por añadidura ermosas plumas para una almohada y a dormir ricamente. ¡Que contenta se va a poner mi madre!

Al pasar por un pueblo encontró un afilador ambulante que al girar su rueda cantaba:

Veloz como las aves,
afilo los cuchillos
e igual que la veleta
a todo viento giro.

Juan se detubo para observarle diciéndole:

-Parece que está muy contento, ya que canta con todas sus fuerzas.

-Mi oficio es el mejor de todos. Mire, un buen afilador no tiene más que meter la mano en el bolsillo para encontrar dinero. Pero, ¿dónde a comprado esa magnifica oca?

-La he cambiado por un lechón.

-¿Y el cerdito?

-Me lo habían dado por una vaca.

-¿Y la vaca?

-Por un caballo.

-¿Y éste?

-Me lo dieron por un lingote de oro tan grande como mi cabeza y que me hacía polvo las costillas.

-¿Y el lingote?

-¡Ah!, me lo abía dado mi amo por los siete años que le serví.

-Veo -observó el afilador- que siempre ha sabido apañarselas. Si al andar oye el tintineo de sus escudos puede muy bien cantar como yo de la mañana a la noche.

-¡Y qué he de hacer para oír siempr esa música tan agradable?

-Hacerse afilador como yo. Basta con una piedra de afilar. Lo demas viene por si solo. Tome, tengo una que le vendría al pelo. Un poco mellada, pero sirve. Por ello se la doy a cambio de su oca. ¿De acuerdo?

-¿Por qué me pregunta si estoy conforme? Es usted tan generoso que me hace el hombre más feliz del mundo. Si me basta meter la mano en el bolsillo para hallar dinero, ¿qué más puedo desear?

Dicho esto entregó la oca a cambio de la piedra mellada.

-No es suficiente -añadió el afilador-, pues le ofrezco además otra piedra excelente. Es tan dura que por mucho que se la golpee no se rompe. Servirá para enderezar sus clavos torcidos. Tómelo. ¿Le ayudo a cargarla?

Así se hizo y se despidieron amistosamente. El corazón y los ojos de Juan estaban llenos de alegría.

-Sin duda alguna -se dijo- he nacido de pie. Siempre se cunplen todos mis deseos. Vine al mundo con suerte.

Sin embargo, como estaba levantado desde el amanecer, empezó a sentirse cansado. Sintió también muy pronto hambre de lobo, pues alegre con la adquisición de la vaca, había cometido la imprudencia de zamparse todas las provisiones. Se sintió débil y tuvo que pararse cada ocho o diez pasos. Añadase el enorme peso de la piedra. Por ello, aun estando satisfecho con el último cambio, pensó que mejor habría sido no ir cargado con tal peso. Trabajo le costó llegar hasta una fuente donde queria apagar la sed. Como quiso dejar intactas, sin daño alguno, sus valiosas piedras, las depositó con cuidado en la ierba cerca de la fuente. Se sentó, se inclinó para beber, pero involuntariamente tropezó con aquéllas y cayeron al fondo de la fuente, que era bastante profunda.

¿Creéis quizá que a Juan le apenó esta pérdida? Os equivocáis. Por el contrario, se arrodilló en seguida y dio gracias a Dios por esta última merced que acababa de hacerle privándole de piedras tan pesadas. Y, sin embargo, ¡eran todo lo que le quedaba tras siete años de fieles servicios!

-No creo -se dijo lleno de gozo- que haya nadie más feliz que yo.

Dicho esto y rebosando alegría, pese a estar sin probar bocado, reanudó su camino. Como nada podía ya retrasar su paso, en poco tiempo pudo abrazar a su madre.

Blancanieves, ¿una Princesa o una Condesa Alemana?


Tras diecisiete años de investigaciones, un grupo de estudiosos alemanes llegaron a la conclusión de que Blancanieves y sus siete enanitos no es un simple cuento como siempre hemos creído.
Maria Sofía Margarita Catalina Von Erthal nacida el 15 de junio de 1729, hija del príncipe Philipp Cristoph Von Erthal y Eva Maria, de Soltera Bettendorf. Su castillo es hoy un museo, tres siglos después de que lo ocuparan los príncipes y su bella Blancanieves, Maria Sofía.Una de las principales atracciones del castillo es la estancia del espejo parlante, de quien dice Paolo Valentino (en Corriere Della Sera), se trataría de “un refinado juguete acústico muy en boga en la época, fabricado precisamente en Lohr, ciudad que se hizo celebre en Europa por la manufactura de espejos y cristales”. Asegura Paolo Valentino que, aun hoy el espejo de Blancanieves repite cada palabra de quien le habla mirándole. Dicho espejo mágico – asegura el investigador bávaro – era un sofisticado juguete propiedad del príncipe, y posteriormente entregado en regalo a su segunda mujer, Claudia Isabel Von Reichenstein, la madrastra de la heroína del cuento de los hermanos Grimm.
Esa segunda esposa, y sus siempre difíciles relaciones con Maria Sofía, completarían el rompecabezas: de ahí la leyenda de la princesa envidiosa, la madrastra malvada. Pero quizá la historia real de Blancanieves supera al cuento, porque va y resulta que la bella Blancanieves (Maria Sofía) tuvo una infancia desgraciada, reducida casi a la ceguera tras enfermar de varicela. Y de esa misma fatalidad, unida a su belleza y a su solidaridad con los aldeanos, cimentó la leyenda de la princesa bondadosa e infeliz, haciendo, por contraste, mucho más perversa de lo que pudo serlo a la madrastra. Los siete enanitos del cuento quizá tampoco son del todo puro cuento: el trabajo en las angostas minas de cobre y plata de la vecina ciudad de Bieber exigia trabajadores de corta estatura y que solían endosar capuchones y prendas de vivos colores para facilitar su identificación en caso de derrumbes e incidentes, por lo demás tan habituales en las minas.


Otra versión

Según el historiador alemán Eckhard Sander, Blancanieves era una joven condesa que se llamaba Margarethe Von Waldek que vivió en Alemania en la primera mitad del siglo XVI, en la misma época en la que el entonces príncipe Felipe II viajaba por esta zona del continente europeo para conocer los límites de su futuro reino y dicen también que buscando mujeres que satisficieran su deseo.
Margarethe era una joven de una belleza extraordinaria que murió envenenada por intrigantes de la corte del imperio, que evitaron así que se casara con el rey Felipe II de España.
Lo único que se quedo como cabo suelto debido a que Sander no lo explica es si el envenenamiento se produjo con una manzana, como se dice en el cuento, o se utilizó algún que otro brebaje.

Cuentan que el rey español, de facciones nobles, ojos azules y pelo rubio, era un joven introvertido al que casaron a una edad muy temprana con su prima María de Portugal, una joven que murió de parto poco después. Posteriormente, y por motivos políticos, su padre, el rey Carlos V, le obligó a contraer matrimonio con una tía suya once años mayor que él.
Fue entonces cuando Felipe II, hombre inteligente y aficionado a la belleza, tuviera una apasionada «historia de amor» con la condesa alemana, pero que fue truncada por intereses «políticos». Es un hecho real que tras viajar en su juventud por Flandes y Alemania, volvió a la península y no volvió a salir de ella, lo que de alguna forma demuestra que es una fantasía que reviviera a la princesa con un beso.
Los siete enanitos de la famosa historia también existieron, según Sander. El historiador afirma que todos eran niños desnutridos y envejecidos que trabajaban en las minas de hierro de las propiedades de los Von Waldek. Debido a su pobreza, vestían largos abrigos y gorros muy parecidos a los que siempre nos describieron o vimos en la película. Sander dice también que a la condesa le gustaba jugar con estos niños de rostro envejecido por culpa del trabajo, lo que hacía que parecieran enanos.


Mas por conocer….

Ahora busquemos un poco en la historia que crearon los famosos hermanos Jacob y Wilhelm Grima, Blancanieves no fue el primer nombre literario de esta princesa. El “Pentamerote” contiene un cuento en el que una hermosa niña de siete años, llamada Lisa, cae sin sentido al clavarse un peine entre sus cabellos. Depositada en un sarcófago de cristal (como Blancanieves), Lisa sigue creciendo (como Blancanieves, que también cuenta siete años al ser abandonada) y se hace cada día más hermosa. Una pariente, envidiosa de la belleza de lisa, jura acabar con ella (tal como la reina celosa decide matar a Blancanieves), y con este propósito abre el sarcófago. Pero al arrastrar a lisa por los cabellos, se desprende la peineta y la bella muchacha vuelve a la vida.
Según el presidente de la sociedad europea de cuentos, Heinrich Dickerhoff, la verdadera villana en la primera versión de Blancanieves era su madre biológica y no su madrastra, como precisó durante el congreso internacional que reunió a cerca de 400 filólogos, cuentistas e investigadores de este género en la ciudad alemana de Postdam.
Según Dickerhoff, en la primera edición del cuento, titulado “la pequeña Blancanieves”, y publicado en 1812, la madre de la heroína desea tener una niña “blanca como la nieve”, su deseo se vuelve realidad, pero cuando su hijita se convierte en rival de su belleza y el espejo mágico declara que Blancanieves es mil veces más hermosa que la reina, los celos la consumen y ordena una espantosa muerte para su propia hija.
Como para la sociedad europea de principios del siglo XIX la idea de una madre malvada y asesina no era aceptable, por lo que los hermanos Grimm, que nos trajeron hasta nuestros días ese cuento, decidieron autocensurarse y “reconvertir” la figura de la mala de la historia. En la versión de 1857, la hermosa y bondadosa reina muere en el segundo párrafo después del nacimiento de Blancanieves y su padre se casa de nuevo, dando paso a la figura legendaria de la madrastra que todos conocemos.
Pero en esta versión original no solo la madre mata a la hija, sino que lo hace de una manera digna de Lecter. La reina no sólo ordena la muerte de Blancanieves, sino que exige además que, como prueba, le presenten el corazón de la víctima. En el cuento alemán, la reina, creyendo que el corazón que le presenta el cazador es el de Blancanieves (en realidad pertenece a un jabalí) lo sala y llega a comérselo. Y en el cuento original la reina es obligada, al final, a calzarse unos zapatos de hierro al rojo vivo: presa de un espantoso frenesí, baila hasta morir.

En la actualidad, se han realizado documentales, basados en las investigaciones que se han venido realizando por años, a manera de una “arqueología del cuento popular”, se recogen datos, hechos históricos de lo que pudo ser el antecedente para un determinado cuento popular, es muy interesante el poder determinar las verdaderas historias de los famosos cuentos trasmitidos por generaciones y que se transformaron en parte de nuestra cultura.


Fuente: aquí

Historia de un barco

(Cuento propio)

Esta es la historia de un barco. De un barco mercante. No la historia de un pirata , ni de un capitán ni de un joven grumete. Como he dicho, esta es la historia de un barco.


Era un barco humilde que transportaba comida de un puerto a otro hasta que un día, unos piratas lo abordaron, arrojaron al capitán por la borda y enrolaron a la tripulación que quiso quedarse. Desde aquel triste día para el, pasa sus días como barco pirata.


Al pobre barco se le notaba muy triste aunque lo habían adornado con oro, le habían puesto velas nuevas, cambiado sus cuerdas viejas y colocado un mástil con una gran bandera pirata que ondeaba al viento, el pobre barco no era feliz.


Recordaba los tiempos tranquilos donde navegaba tranquilamente y podía ver como los peces jugaban con la corriente y a los delfines saltando sobre el mar como si quisieran volar. Ahora, en su nueva vida todo pasaba muy deprisa. Todo es navegar a toda vela , abordar a otros barcos y cargar pesados cofres con grandes botines.


Una noche estallo de pronto una tormenta muy fuerte, toda la tripulación se despertó enseguida y se pusieron a trabajar en el barco para no dirigirse hacia el centro de la tormenta, donde las olas son mas fueres y el viento sopla tanto que podría volcar el barco entero y se hundiría.


El barco estaba tan triste y se sentía tan infeliz con su nueva vida que decidió ir directo al centro de la tormenta, para acabar con su sufrimiento.


-¡Despertar al Capitán, el barco no responde al timón¡- Grito un grumete.


El Capitán izo todo lo que pudo pero el barco no quería cambiar de rumbo.

Al ver que no había remedio toda la tripulación empezó a bajar los botes salvavidas para alejarse remado, todos menos el Capitán, que seguía al timón intentando que el barco cambiara el rumbo.


-Capitán, Capitán, déjelo no ve que no responde. Venga abandone el barco.- Le dijo un grumete.


-!No¡- Grito el Capitán.-Jamas abandonare este barco !Jamas dejare MI barco¡-


En aquel momento el barco se dio cuenta de lo ciego que había estado, el Capitán lo quería, se preocupaba por el, estaba dispuesta a morir con el.


Y entonces fue cuando pensó en todo lo que le había pasado desde que los piratas lo abordaron. Lo habían arreglado, adornado y hasta lavado. Y también pensó en los peces, los peces que seguían allí, seguían jugando pero estaba tan ocupado sintiéndose desgraciado que no los veía. Entonces se decidió a dar media vuelta, se alejo de la tormenta y fue de vuelta a por la tripulación.


Y desde aquel día, a sido feliz disfrutando de su nueva vida que solo por ser distinta no era peor.


FIN

Lo que quiero ser

(Cuento Propio)


Esta es la historia de un gatito que no sabia lo que quería ser.
Sus tres hermanitos ya lo tenían muy claro.
Cuando el gatito le pregunto al primero de sus hermanos que quería ser,este le respondió levantando la cabeza:

-Yo, seré aventurero, explorare el mundo y viviré muchas aventuras.-

Luego le pregunto al segundo, y este le contesto muy rápido.

-Yo seré cazador. Seré el cazador mas fuerte y mas valiente del mundo.-

Y después le pregunto al mas pequeño.

-¿Y tu hermanito, que seras?-

-¿Yo?- Dijo bostezando. -Yo solo quiero dormir y comer, dormir y comer. Seré el gato mas vago del mundo.-

A nuestro gatito no le gustaban ninguna de las ideas de sus hermanos. Pensó en Aventurero; -Que miedo, yo no soy tan valiente.-Luego pensó en Cazador; -No no, yo no soy tan fuerte.- Y por ultimo pensó en Dormilón; -Pero yo después de dormir unas horas ya no tengo mas sueño.-

Fue a preguntarle a su madre.

-Mama, mama, ¿tu cuando eras pequeña sabias lo que querías ser?

-Yo hijo mio cuando era muy pequeñita y el amo me encontró supe lo que quería ser.-

-¿El que mama, que serias?-

-La gata mas buena y la mejor compañera para mi amo.-

El gatito lo estubo pensando un rato. El también quería al amo que les daba de comer y que les dejaba vivir con el, pero todavía no lo conocía tanto como su madre.

Al día siguiente, Aventurero decidió ir en busca de su primera aventura. Cuando regreso por la noche el gatito le pregunto como le había ido.

-Pues he conseguido llegar hasta la valla blanca, pero allí había un perro muy grande y fiero que no me deja seguir.- Entonces se puso muy triste y se fue llorando con su mama.

A la mañana siguiente, Cazador decidió ir en busca de su primera presa. Dijo; -Volveré con la cena.- y se fue. Cuando regreso por la noche el gatito le pregunto como le había ido con su primera presa.

-Pues encontré una paloma muy apetecible, y me pase todo el día saltando sobre ella pero la paloma siempre salia volando y así no e podido cazarla.- Al recordarlo, Cazador se puso muy triste y se fue llorando.

Aquella noche estubo lloviendo mucho, estubo lloviendo hasta la tarde del día siguiente, y cuando dejo de llover apareció en el cielo el arco iris.

-Correr hijos míos correr, mirar el cielo. Eso es el arco iris.- Les aviso su madre para que no se lo perdieran por que aquello era algo muy bonito de ver. Pero Dormilón quería seguir durmiendo. -Aahmm... dejarme dormir un poco mas.- dijo, y escondió la cabeza debajo de la patita.

Esa misma noche el papa de los gatitos regreso a casa, y todos salieron corriendo a recibirle.-Papa, papa, papa, hemos visto el arco iris, tenia todos los colores y cruzaba todo el cielo.- Empezaron a contarle todos a la vez a su padre. Todos menos Dormilón.

-¿Que te pasa hermanito, porque lloras?- Le pregunto nuestro amigo.

-Por que yo no se que es el arco iris. Como estaba durmiendo no lo he visto.- y siguió llorando.

El pequeño gatito que seguía sin saber lo que el quería ser, se puso a pensar de nuevo en sus hermanitos, y en su mama, que ya sabían lo que querían ser y aun así no parecían muy contentos. Entonces el papa del gatito que lo vio muy serio se acerco a preguntarle.

-¿Que te pasa hijo mio, que te preocupa?

-Que todos mis hermanos ya saben lo que quieren ser y yo no.-

-¿A si?, ¿y que serán?

-Pues Aventurero quiere explorar el mundo y vivir muchas aventuras. Pero... cuando llego a la valla blanca un perro muy grande y fiero no le dejo seguir, y ahora esta muy triste.-

-Vaya, ¿y los demás?-

-Pues Cazador quiere ser el gato mas fuerte y valiente del mundo. Pero... cuando encontró a su primera presa aunque se paso todo el día saltando sobre ella, esta siempre salia volando y así no podía cazarla y ahora esta muy triste.-

-Vaya, ¿y el mas pequeño?-

-Pues Dormilón quiere ser el gato mas vago del mundo. Pero... ahora esta triste por que como esta siempre durmiendo se pierde las cosas bonitas de la vida.-

-Vaya, ¿y tu, no lo sabes?-

-Pues...no se.- Dudo el gatito. -Tu papa, ¿cuando eras pequeño sabias lo que querías ser?-


-Pues veras hijo mio- Le dijo su padre poniéndose algo triste.-La verdad es que yo todavía no se lo que quiero ser.


Y en ese momento fue cuando el gatito se dio cuenta.


-¿Sabes que papa? tu ya eres algo. Eres mi padre, y el marido de mama y un amigo para el amo. Eres lo que eres, ni mas ni menos, y yo ya se lo que quiero ser.-


-¿Que quieres ser hijo?-


-Lo que quiero es ser yo mismo.-


FIN

Hadas madrinas y Príncipes valientes... ¿qué dio origen a los cuentos infantiles?


La literatura infantil tiene fecha y motivo de nacimiento. Surge de lo que se dio en llamar en la historia de la cultura
la invención de la infancia, es decir, la definición y la concepción de la niñez y la adolescencia como fases específicas de la vida, con sus propios problemas y necesidades. Hasta el siglo XIX, los niños eran solamente pequeños adultos, hombres o mujeres en potencia.


Y particularmente en la creación de una literatura para niños, tuvo que ver la expansión de la educación primaria en Europa por aquel entonces. Las escuelas comenzaron a necesitar material de lectura, lo que llamó la atención de los editores de la época que comenzaron a contratar autores para satisfacer el incipiente mercado. Muy pronto se dieron cuenta de que los nuevos libros debían cumplir con dos requisitos fundamentales: ofrecer historias laicas y pedagógicas.

Esto explica que en las primeras décadas del 1800 los libros infantiles buscaran transmitir un código ético estricto. El fin era didáctico. Las narraciones se ambientaban en lugares exóticos para captar la imaginación infantil. Pero esa era la única concesión al apetito fantástico: todos tenían un final feliz y moralizante. Se subrayaba, sin cesar, el valor de la solidaridad familiar, la honestidad, la fidelidad y la bondad, en lo que fueron los pilares de una ética no religiosa. Paralelamente, se advertía con énfasis acerca de los peligros de la avaricia y la compulsión al juego.

Más avanzado el siglo XIX, con el mismo afán didáctico, pero como respuesta a la creciente atracción que generaba en los más jóvenes la magia y los reinos de la imaginación que surgieron lo que hoy conocemos como cuentos de hadas. Originalmente, eran relatos orales, anónimos, que circulaban en ambientes campesinos. La industria editorial de entonces los reformuló de manera tal que pudieran expresar una idea moral. Así, las narraciones perdieron toda impropiedad, crudeza y referencia sexual que pudieran arrastrar de su pasado rural y adulto. Y se convirtieron en historias que defienden claramente valores con personajes idealizados, aptos para la infancia por educar.

Así es que los cuentos de hadas, tal como los conocemos, no son sino la reformulación infantilizada de los cuentos populares campesinos. Como muestra, contrastemos los más clásicos con sus versiones originales:

La segunda parte de La bella durmiente del bosque trata, en su primera redacción, de una ogresa. En el cuento que todos conocemos esa parte es suprimida: la historia termina con la boda entre el príncipe y la bella.

Caperucita Roja es otro buen ejemplo. De todas las versiones orales recopiladas, solo la quinta parte tiene final feliz (es decir, Caperucita se salva y el lobo es castigado). Sin embargo, en la versión escrita que nos llegó a nosotros, lo tiene siempre.

Hänsel y Gretel: originalmente, los niños eran expulsados por sus padres. Como esto de que hubiera padres naturales malévolos resultó intolerable, se cambió la versión de los padres desamorados por la dupla conformada por un padre amable y una madrastra cruel.

Y, como sabemos, se introdujeron por doquier cazadores bondadosos, princesas bellísimas y hadas encantadoras, dando lugar a un mundo edulcorado y predecible. El mundo que se consideró, en su momento, ejemplar.

Fuente: aquí